La Práctica Psicomotriz

La Práctica Psicomotriz creada por el profesor Bernard Aucouturier, es un método que tiene por objetivo la maduración psicológica del niño a través de la vía motriz.

¿Qué entendemos por maduración psicológica? El proceso que va del placer de moverse, jugar y relacionarse al placer de pensar. El proceso por el cual el niño desarrolla representaciones mentales conscientes e inconscientes a partir de sus acciones, sus sensaciones y sus emociones. El proceso por el cual el niño transforma sus impulsos y accede al mundo simbólico para canalizarlos y expresarlos. En definitiva el proceso por el cual el bebé humano se transforma en un sujeto autónomo con identidad propia, capaz de pensar y desear.

La práctica psicomotriz favorece el desarrollo armónico de la persona porque acompaña los procesos de crecimiento y de desarrollo de la identidad; utiliza el juego espontáneo, el movimiento, la acción y la representación ya que a través del placer de la acción el niño y la niña descubren y conquistan el mundo, expresan sus emociones, su vida afectiva profunda y su mundo de fantasía.

Para cumplir estos objetivos la Práctica Psicomotriz, propone una metodología basada en una pedagogía de espacios y tiempos que permite al niño realizar este proceso en un marco concreto que es la sala de psicomotricidad.

“El niño no juega para aprender, sino que aprende porque juega” y esto sucede en un lugar muy especial: la sala de psicomotricidad, un espacio rico, variado y lleno de color, con la presencia de un adulto atento que acoge y contiene las producciones de los niños y las niñas, sus dificultades, sus miedos, sus descubrimientos, su deseo, su placer y sus emociones,  acompañándole en su proceso de maduración. El especialista en Práctica Psicomotriz se prepara durante todo el proceso de formación para observar, acoger y “dar sentido” a la expresividad motriz del niño/a con el fin de ofrecer respuestas adecuadas a sus necesidades profundas.

Estos principios rigen las dos orientaciones  esenciales :

Práctica Psicomotriz Educativa y Preventiva:

Encuentra su campo privilegiado de implementación en el âmbito escolar entre los 0 y los 7 años.  Favorece el desarrollo  de bases madurativas sólidas para que los niños realicen el proceso que va del placer de la acción al placer del pensamiento.

Terapia Psicomotriz:

Es una terapia que actúa a través de la movilización corporal, el juego y el movimiento con el fin de reestablecer o en su caso instaurar la integración de los impulsos y sensaciones en el aparato psíquico. Se orienta  a trabajar con niños que presentan dificultades de todo tipo, alteraciones psicomotras, déficit de atención, hiperactividad, dificultades emocionales y de aprendizaje, autismo, discapacidad, parálisis cerebral.

Experiencias

Una pizca de psicomotricidad… (la psicomotricidad: una metáfora?)

Conocimientos teóricos, método clínico, algo de inspiración, un poco de arte, tal vez, y después la sesión: escenario de una historia en la que en cada encuentro el texto se escribe de nuevo, con la plasticidad del juego, del movimiento, de la palabra, para remodelarse de una manera más plena, que lleve al placer de sentirse, para recomponerse y encontrar, quizás, otro sentido, para suscitar nuevas emociones, nuevos pensamientos, nuevos deseos. Esto nos entusiasma porque la obra en sí (el niño actúa, juega para transformarse) está viva, y siempre nos da la oportunidad de comprender sus imperfecciones y las nuestras.

Los encuentros con los niños tienen lugar en la sala de psicomotricidad, en la que vivimos juntos algunas horas, una o dos veces por semana. Los días y los meses pasan entre un niño que viene y otro que se va, a través de la puerta que se abre y se cierra silenciosa, uniendo y separando nuestras vidas. Sucede así, no hemos creado estas pequeñas obras de arte y no nos pertenecen, de vez en cuando nos encuentran, pero viven sus propias vidas, misteriosas, de las que sólo podemos captar algún fragmento. Y, sin embargo, el tiempo que vivimos juntos deja marcas de cincel, de pincel y de pluma, que pueden modificarlas, por cuanto nos dan, por cuanto les damos.

A veces es un camino corto, sin tropiezos. Otras veces, aunque estemos siempre ahí, en la misma sala, es un largo camino, un poco difícil, porque el niño está mal y hay que ayudarle, a medida que en la sala se despliega, con el paso del tiempo, su mundo interior doloroso, disarmónico, con férreas defensas, grandes conflictos, miedos intensos y tácitas esperanzas, a la vez que tratamos de escucharle, de comprenderle algún aspecto y de darle respuestas. Pulsiones mantenidas o descontroladas, emociones confusas, invasoras o casi “inexistentes”, pensamientos erráticos, relatos de historias, proyecciones de otras historias, vivencias, torpes pinceladas en el lienzo, que han de retocarse sin prisa, con precisión y participación, para crear un cuadro un poco más contento con su forma, con sus colores.

Este camino transcurre siempre dentro de unas creaciones internas que se hallan, un poco por casualidad, en sus corazones y en sus cabezas.

Y hay una manera de saltar que parece querer decir: “Tengo miedo de separar los pies del suelo y alejarme de lo que me da seguridad”; una forma de esconderse que se traduce como “Quiero que me busques para mostrarme tu afecto”; un jugar al cocodrilo que dice “Te voy a morder una y otra vez, porque estoy enfadado contigo.”

Y hay una forma de abandonarse, de liberar la respiración y aceptar los mimos, justo después de haber dominado al psicomotricista hasta el agotamiento. El niño ve una cesta llena de cuerdas de colores; maravillado coge una e inmediatamente la toma por un extremo. Empieza a correr por la sala, entre los objetos desparramados un poco antes; la consigna es tácita: quiere que el psicomotricista le persiga, que pase justo por donde él pasa, que suba cómo y por dónde él sube; después se desplaza cada vez más rápido y el terapeuta no debe perder el contacto hasta que empieza a jadear, a quejarse; el niño salta de alegría, triunfa y finalmente se deja cuidar.

Gracias a estos juegos se puede saciar de lo que desea, alejarse de lo que le invade, y afirmarse frente a lo que le niega. Todo sucede gracias al placer de jugar juntos en una relación que cambia a los dos, mientras se transforman las “preguntas” y “respuestas” recíprocas que se repiten una y otra vez en la sala de juegos.

Un lugar donde viven objetos duros y blandos, grandes y pequeños, angulosos y redondos, transformables y rígidos, coloreados; objetos que sirven para destruir y construir, para trepar y saltar, para caer, rodar, deslizarse, desaparecer, transportar, tapar, columpiarse, para lanzar y recibir, para disfrazarse, dibujar, modelar, etc.; objetos que, junto con nuestras acciones, en el fondo, reflejan la vida y sus facetas, a nosotros mismos y que con nosotros cuentan una historia.

Jugar en la sala de psicomotricidad es como partir continuamente: levar anclas y navegar por los mares de la relación, surcando las olas de la creatividad, del movimiento, del imaginario, de lo simbólico, para amarrar un poco más fuertes, un poco más felices, en el puerto de la realidad.

Marusca Malossi